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Mi querida Tercera Fuerza: "Mis queridos veteranos de mi querida Tercera Fuerza"



San Bartolo Coyotepec, Oaxaca a 20 de Marzo de 2026



Mis queridos veteranos de mi querida Tercera Fuerza


Ser veterano para muchos es como un premio, para otros como una enfermedad contagiosa, y para los que jugamos a las 12 de la tarde en el Pedro Vásquez, es una bendita terquedad de los que aún no nos resignamos a ver los toros desde la barrera ni los batazos desde la banca.

Hay de veteranos a veteranos, hay algunos que tienen pacto con el diablo y quien sabe cómo le hacen para amarrarse todavía las agujetas solitos, hay otros que la vida nos maltrató el doble, apenas si nos ponemos el uniforme, el pinche espejo nos devuelve un rostro que cuesta reconocer, marcado por las batallas que alguna vez creíamos ganadas. Los huesos nos crujen como viejas puertas que no se han abierto en años, y cada domingo por la mañana se convierte en una negociación lenta con el cuerpo, un pacto de no agresión que rara vez se cumple.

Los jugadores jóvenes te observan con una mezcla de respeto, lástima o miedo, como si fueras un presagio de su propio futuro y, sin embargo, aquí seguimos, tercos como mala hierba, como caballos de la sabana viejos y cansados que ya relinchamos con menos fuerza y la voz mas ronca.

Hay en mi lista algunos nombres, grandes veteranos que aún siguen vigentes: El famoso Millán, el buen Seve, mi amigos Conta Adrián, el herrero Espina, el Capi Quero, Don Gil, el Sr Vargas, mi cuate Lauro, Isidro, Aquino de Zimatlán, Don Roberto, Guillermo, José Luis, el buen Pacheco, El cabezón Lencho, Gerónimo, Villavicencio, el famoso Margarito, mi amigo en Rojos de la Col. Reforma el buen Raúl Bautista, Camacho, Carlitos Castilla, los hermanos Cortés Barranco, Rodrigo, Don Memo, el Sr. Alejandro, Jorge Pérez, el famoso Jesús Ríos, Pérez, Rutilo, Homero, el profe Gerardo, el manotas Pepe, Santiago, Don Armando, Sr. Tomás, mi amigo y compañero de equipo Eloy y el más veterano y mi mejor amigo Don Jimmy. Una disculpa si omito algún nombre, ya la memoria me juega malas pasadas.

Hablo evidentemente de los nacidos antes de 1970 y sí señores, todavía hay fuego. Persiste una brasa que se niega a extinguirse, una chispa de rebeldía en los ojos cansados, un gruñido de desafío ante el inevitable descenso. Porque al final, y sólo en el béisbol, la vejez no es un final, sino otra forma de estar jodido y jodiendo. Y si vas a estarlo, más vale hacerlo con estilo, con el uniforme bien puesto y con la honestidad brutal de quien ya no tiene nada que perder.

Para nosotros los veteranos el domingo por la mañana es ese momento en que el cuerpo empieza a hablarte en un idioma desconocido. No es la tristeza lo que define esta etapa, sino la sabiduría de saber que la vida es una cerveza bien helada que se va acabando poco a poco. Aunque el cuerpo se canse, el alma puede seguir jugando.

Para nosotros los veteranos es esta etapa en la que el cuerpo empieza a traicionarte con la misma frecuencia con la que el gobierno cambia de opinión y no le podemos hacer revocación de mandato, las rodillas hacen lo que les de su regalada gana.

Ser veterano es un asunto serio, pero no tanto como para dejar de reírse de uno mismo. Envejecer es un arte que combina la paciencia de un monje tibetano con la picardía de un político en campaña. Uno se vuelve experto en la resignación, pero también en la protesta silenciosa. Los huesos crujen como muebles viejos y la memoria se transforma en un archivo corrupto donde los datos importantes se pierden, dejando solo anécdotas ridículas de los partidos.

El veterano en el beisbol es otra cosa. Es un don, un regalo. El viejo, en términos generales, ese ser que la sociedad suele querer apartar, es en realidad un archivo viviente de historias, errores y una sabiduría que nadie pidió pero que todos necesitan. Para nosotros los veteranos el Pedro Vázquez y la casetita de Eli y Toñito son una religión, una iglesia al aire libre donde el dios es un bate y los fieles aplauden cada vez que la bola cruza el cielo. Muchos no entenderán esa devoción.

Para mí, el béisbol es como la vida misma: mucho tiempo esperando, unos pocos momentos de acción frenética, y casi siempre, al final, un sabor amargo en la boca. En lo personal a veces juego y a veces trago banca. Para bien o para mal siempre hay gente en ambas porras que me gritan, me siento observado, nervioso. Por mi parte yo en la caja de bateo, con los músculos tensos, esperando el lanzamiento. La vida entera reducida a ese instante: el ojo del pitcher, el giro de la muñeca, la bola que viene como un misil a 45 millas. Yo con mi bate de lápiz en las manos, sintiendo el sudor en la frente, el corazón latiendo como un tambor de guerra por que no tomé la maldita pastilla para la presión, tengo una oportunidad. Un solo turno me dio mi mánager y fallo… vuelvo al dogout a pensar en lo que hice mal, a esperar otra semana completa para ver si a lo mejor hay otro chance, o quizás dos semanas, una eternidad. Pero a veces si bateo, y si, por un instante, por un maldito instante, me siento el rey del mundo.

¿Qué queda de esa gloria efímera cuando el cuerpo empieza a fallar y los jóvenes te reemplazan? Queda la memoria, la resaca, la soledad, la cerveza y el mezcalito en las gradas. En el béisbol esto no acaba hasta que se acaba.

A sí que mi respeto a los veteranos que, como buenos caballos, no se rinden. Se levantan cada día esperando que el café esté caliente, que el noticiero no sea tan luctuoso, porque para nosotros los veteranos más que nunca, jugar béisbol es acto de rebeldía y la bola, un escudo contra la tristeza. Los veteranos seguiremos jugando hasta que el juego de la vida se acabe. Ya después, mucho después seguiremos jugando en el césped eterno.

Mariano Estrada
San Bartolo Coyotepec, enero 2026




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